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Soy antimonárquico. Para qué voy a andarme por las ramas en este tema. Y lo siento por los férreos defensores de la corona, pero la Monarquía Española no tiene defensa posible. Es inconcebible que en una democracia se le dé tal situación de privilegio a una sola familia por el mero hecho de pertenecer a una línea de sangre en particular. No tiene sentido. Y no lo digo por el dinero que nos cuesta mantener su nivel de vida, ni por lo buenos o lo malvados que sean los miembros de su familia, ni siquiera lo digo por el número de elefantes por corona. Si pienso lo que pienso es porque se trata de una incongruencia social y política en la España actual. Se ha luchado mucho por conseguir un ideal de libertad que ahora se ve truncado por una sola profesión, la de Rey. Si yo quiero, puedo ser cualquier cosa. Si me da por ser médico, puedo estudiar medicina e intentar lograrlo. De igual modo si me da por ser fontanero. O periodista. Puedo ser lo que me plazca si me esfuerzo en ello. (Al menos en la teoría) En nuestro país hemos establecido un sistema por el cual una chica de etnia gitana de las afueras de Madrid puede llegar a ser presidenta de España si se lo propone. Desgraciadamente no es tan sencillo, pero al menos hemos conseguido que no haya ningún órgano jurídico que pueda impedírselo. Sin embargo, si yo o mi amiga gitana queremos ser rey (o reina en su caso), no podemos. Por la sencilla razón de haber salido de la vagina equivocada. Y eso, de donde yo vengo, es un atentado a la igualdad.

Pero me temo que esta cuestión ética no es lo que ha levantado a la opinión pública contra la Casa Real. No, lo que ha suscitado esta indignación generalizada y repentina han sido los incontables errores que los miembros de la primera familia española han ido encadenando desde hace un año aproximadamente. Lo cual me lleva a pensar que de haberse comportado como es debido a nadie le habría importado la hipocresía que supone mantener los privilegios hereditarios en una democracia. Es triste, pero ha sido necesaria la muerte de unos cuantos ejemplares de fauna sudafricana y su posterior fotografía junto a nuestro monarca para que la opinión pública acabase de escandalizarse por los despropósitos continuos de la corona y su ambiente. Se ve que pueden robarnos, pueden dispararse entre ellos, pueden triplicar misteriosamente el dinero que les damos, pueden fugarse del país como alma que lleva el diablo en cuanto divisan algún problema pero, ¡por Dios! ¡Que no nos toquen a los paquidermos!

La Casa Real y la Monarquía tienen los días contados inevitablemente. Es una institución insostenible que fue la mejor alternativa en su momento, pero que se ha convertido en una rémora para las libertades españolas en general. No porque incida sobre ellas, sino porque las desprestigia.

Tengo mucho más que ladrar acerca de la monarquía y ni qué decir de lo que tengo reservado para el Rey. Pero mis neuronas no dan para más esta noche y me temo que tendré que dejarme varias ideas en el tintero a la espera de un segundo artículo que, con suerte, publicaré mañana. Buenas noches. 


Ley de Transparencia. Si, suena bien. Al menos el nombre lo han clavado. El Gobierno piensa hacer con esta propuesta de ley algo que sorprendentemente no se había hecho en casi 40 años de democracia española. La Ley de Transparencia será sometida a “trámite de audiencia pública” o, lo que es lo mismo, se les pedirá a los ciudadanos que colaboren en su redacción directamente, mediante sugerencias, opiniones y votaciones, antes de ser oficialmente implantada. Algo similar a un brainstorming a lo bestia. Para este humilde bloguero esta idea no debería ser un caso aislado. La intervención directa de los ciudadanos en la redacción de las leyes que más tarde tendrán el deber de acatar. No se me ocurre una forma mejor de recordar a los ciudadanos su condición política dentro de una democracia, algo que parece haberse olvidado a fuerza de golpes y desengaños. No me canso de repetirlo, lo siento, en una democracia todos somos políticos. La idea de someter la Ley a la audiencia ciudadana me parece mejor idea que la propia Ley de Transparencia en sí, aunque no voy a hablar de eso hoy.

La Ley de Transparencia es un proyecto con luces y sombras. Sin duda me parece una magnífica idea para lavar la imagen de la “clase política” de cara a la opinión pública. No servirá de mucho si no se utiliza correctamente, y en este punto caben dos posibilidades. La primera y la más obvia es pensar que este nuevo proyecto no se trata más que de una estrategia barata para recuperar una confianza perdida lo más rápidamente posible, por decirlo de alguna forma, un maquillaje. La segunda opción, y un tanto más onírica, es que el Gobierno se haya planteado seriamente la repercusión de una imagen tan poco positiva de la política. Corrupción, derroche, prevaricación, demagogia y un largo etcétera de adjetivos nada halagüeños. Con todo ese bagaje de cualidades peyorativas es obvio que la opinión pública, que será tonta pero no ciega, se replantee las razones que justifican la permanencia en el poder de un colectivo tan absolutamente podrido. Es de esperar, entonces, que el gobierno de turno que vea ante si una larga legislatura no tenga la intención de pasar los cuatro años siguientes entre la espada y la pared, en continuo enfrentamiento con el pueblo. De ser así, deduzco que Rajoy habrá ponderado las opciones y, como persona con dos dedos de frente que es, se habrá decantado por comenzar un proyecto coyuntural que pretenda reconducir la imagen política a aguas más tranquilas, empezando por las raíces del problema. Repito que esto es más bien una vaga esperanza.

De cualquier modo, sea una posibilidad u otra la real, creo que esta Ley de Transparencia no es más que una estrategia preventiva. No se trata de una ley que vaya a restructurar los cimientos de la jerarquía política ni a combatir la corrupción a capa y espada. Aunque no conozco el texto íntegro de la ley, con los detalles que hasta ahora se nos han proporcionado ya puedo asegurar que esta ley no conseguirá erradicar, quizá si diezmar, la corrupción de las administraciones españolas. Me temo entonces que se trata de un intento por demostrar a los ciudadanos que, al menos por parte del Gobierno, existe una cierta predisposición hacia el cambio. Una forma de ganarse de nuevo una confianza perdida y que ahora necesitan para volver a la senda correcta. Probablemente sea demasiado subjetivo y soñador con esto. No me llaméis iluso por que tenga una ilusión.



Con un poco de tiempo y una cafetera cerca podría escribir un reportaje de dimensiones épicas sobre corrupción en España. Y sin duda sería muy ilustrativo, tanto es así que no descarto hacerlo, pero considero mucho más interesante y más acorde con el formato de este blog pasar directamente a las conclusiones finales y plasmar las ideas que este tema me genera.

Casos de corrupción hay cientos contando solo los que pasan por las redacciones de los periódicos, y probablemente podamos empezar a contar por miles con los que no conocemos. La corrupción ha dotado de una indeseada fama a personajes que antes nos eran indiferentes, véase Jaume Matas o Iñaki Urdangarín entre otros. Si me pongo a enumerarlos todos no acabo, caso Gürtel, caso Roldán, caso Gescartera… y así sucesivamente, aunque estos no son de los más actuales. La corrupción es el veneno de la democracia, no tanto por el dinero que se pierde y se malgasta como por el valor simbólico del delito. Los políticos corruptos merman la confianza del pueblo en sus gobernantes, haciendo que dejen de creer en el sistema que han elegido. Además ayuda a aislar más aun si cabe a ese polémico colectivo que conocemos con el nombre de “políticos”. Este es, probablemente, el mayor riesgo que representa la corrupción. En época de crisis lo que realmente necesita el pueblo es confianza en su gobierno, confianza en aquellos en los que delegan la toma de decisiones, aquellos que van obligarles a apretarse el cinturón. La corrupción no hace más que alejar a los ciudadanos de sus representantes y fomenta la generalización, que es una actitud terriblemente peligrosa en manos de una muchedumbre cabreada. Cuando se descubren casos de corrupción entre políticos, mientras otros políticos proclaman fuertes medidas económicas y otros de su misma profesión se dedican a desoír las quejas de aquellos a los que, se supone, representan, entonces es cuando se empieza a oír en cada conversación esa falta de interés, ese convencimiento total y poco empírico de que todos, en el fondo, son igualmente corruptos.

Respecto a esa última idea, creo que necesitamos meternos en la cabeza algo que no acaba de calar en nuestra visión de la sociedad. Y es que en una democracia, todos somos políticos. Cuando decides entrar a formar parte de un estado democrático, eliges a su vez entrar en un sistema político que te inmiscuye directamente en la toma de decisiones. Indiferentemente de si votas o no, puesto que una abstención tiene un valor similar a la de un voto corriente, solo que en sentido inverso. De modo que deberíamos dejar de apartarnos de ese grupo social que, entre unos y otros, estamos consiguiendo diferenciar del resto de la sociedad, a base de indiferencia, resignación y corrupción. 


Mi cabecita comenzó a funcionar ayer por la noche dándole vueltas a una idea que surgió a partir de este blog. ¿A quién votamos? Cada cierto tiempo los habitantes de un país en democracia podemos ejercer nuestro derecho de contribuir en la elección de aquellos que vayan a representarnos. La mayoría lo hacemos con caras largas y con una destructiva sensación de impotencia, pero esa es otra historia. Lo que me dejó como petrificado mientras pensaba en un asiento del autobús fue la pregunta que ya he formulado, aunque quizá con una pequeña modificación. ¿Qué votamos? No me di cuenta ayer, esto ya lo sabía desde que aprendí lo que significa “sufragio”, pero se coló en mi mente la agobiante idea de que no votamos lo que deberíamos. Elegimos, como dije en una entrada anterior, “la cara más bonita y las manos más limpias” (Súper Mario) y espero que, como yo, sepáis apreciar el error de esa afirmación. ¿Realmente lo que necesitamos en un político? Entendiendo este término como “ser dedicado a la política”, y a su vez entendiendo política como “la ciencia que estudia cómo ser más popular”. La historia de la democracia está plagada de personas que han alcanzado el poder mediante campañas demoledoras, personas que han sabido surfear en la marea del pueblo para alcanzar sus objetivos, y que, al lograr esta meta, se han visto arrollados por un cargo para el que no estaban capacitados, un cargo demasiado grande. Por eso me planteo, que ni mucho menos el mejor “político” es la persona más capacitada para el puesto de presidente (o cualquier otro cargo). Creo, y lo creo con firmeza hasta que alguien me lo rebata, que no debemos votar unos ideales ni una cara bonita ni un expediente limpio (bueno, quizá esto último sí), lo que debemos elegir entre todos es al hombre o a la mujer más capacitado/a para manejar un país y para perpetuar los valores que nos costó levantar en el pasado. El problema reside, como muchos os habréis dado cuenta leyendo estas líneas, en la estrecha línea que separa esta idea de la autocracia. Un paso en falso y en vez de ser un líder para el pueblo nos convertiremos en un pueblo para el líder. Winston Churchill lo  dijo en su momento y yo no me canso de repetirlo:
La democracia es el peor sistema de gobierno que existe, con la excepción de todos los demás que se han probado.


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