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Paulo Coelho tiene una historia abrupta, que representa en si misma el espíritu de la rebeldía y la determinación.  Es de los pocos personajes hacia las que guardo algún indicio de admiración tanto por su trabajo como por su persona. Y su apoyo incondicional a la piratería no hace sino reforzar esta admiración. Los episodios protagonizados por el escritor brasileño en defensa de la piratería son ya legendarios.  Varias veces ha ofrecido sus libros en Internet gratuitamente como símbolo para manifestar este apoyo a la libre difusión de la cultura, demostrando que sus ventas se incrementan cuando ofrece su obra en la red. No me pasa desapercibido que este incremento de las ventas se produjo, muy probablemente,  por la publicidad gratuita que le proporcionó su iniciativa que por el hecho de regalar sus libros. Aunque no por ello deja de ser un símbolo.



Aun más simbólico si cabe es el apoyo y la afiliación del autor a la famosa página de intercambio de archivos The Pirate Bay.  Coelho hizo pública su alianza con esta organización con el fin de impulsar su causa y su proyecto de promoción de artistas libres, The Promo Bay. Pero con ello se ha ganado el título de “capitán pirata”, honor más que merecido por ser uno de los pocos autores reconocidos que no tienen miedo de expresar con sus actos que trabajan por vocación y no por beneficio.




“El buen contenido no necesita defensa.”
Paulo Coelho


Mi cabecita comenzó a funcionar ayer por la noche dándole vueltas a una idea que surgió a partir de este blog. ¿A quién votamos? Cada cierto tiempo los habitantes de un país en democracia podemos ejercer nuestro derecho de contribuir en la elección de aquellos que vayan a representarnos. La mayoría lo hacemos con caras largas y con una destructiva sensación de impotencia, pero esa es otra historia. Lo que me dejó como petrificado mientras pensaba en un asiento del autobús fue la pregunta que ya he formulado, aunque quizá con una pequeña modificación. ¿Qué votamos? No me di cuenta ayer, esto ya lo sabía desde que aprendí lo que significa “sufragio”, pero se coló en mi mente la agobiante idea de que no votamos lo que deberíamos. Elegimos, como dije en una entrada anterior, “la cara más bonita y las manos más limpias” (Súper Mario) y espero que, como yo, sepáis apreciar el error de esa afirmación. ¿Realmente lo que necesitamos en un político? Entendiendo este término como “ser dedicado a la política”, y a su vez entendiendo política como “la ciencia que estudia cómo ser más popular”. La historia de la democracia está plagada de personas que han alcanzado el poder mediante campañas demoledoras, personas que han sabido surfear en la marea del pueblo para alcanzar sus objetivos, y que, al lograr esta meta, se han visto arrollados por un cargo para el que no estaban capacitados, un cargo demasiado grande. Por eso me planteo, que ni mucho menos el mejor “político” es la persona más capacitada para el puesto de presidente (o cualquier otro cargo). Creo, y lo creo con firmeza hasta que alguien me lo rebata, que no debemos votar unos ideales ni una cara bonita ni un expediente limpio (bueno, quizá esto último sí), lo que debemos elegir entre todos es al hombre o a la mujer más capacitado/a para manejar un país y para perpetuar los valores que nos costó levantar en el pasado. El problema reside, como muchos os habréis dado cuenta leyendo estas líneas, en la estrecha línea que separa esta idea de la autocracia. Un paso en falso y en vez de ser un líder para el pueblo nos convertiremos en un pueblo para el líder. Winston Churchill lo  dijo en su momento y yo no me canso de repetirlo:
La democracia es el peor sistema de gobierno que existe, con la excepción de todos los demás que se han probado.


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