Fue en el siglo XIX, en el crepúsculo de la Revolución Industrial, cuando el gobierno inglés decretó por primera vez que el Estado debía hacerse cargo de la educación de sus ciudadanos. Hasta entonces la educación había ido de la mano de la Iglesia u otras instituciones religiosas, a lo sumo eran las familias quienes contrataban a un maestro particular para sus hijos, pero a partir de este momento la formación de la juventud se ha convertido en uno de los pilares de toda nación que se precie. La educación pública es, a mi modo de ver, el mayor beneficio que las personas podemos recibir al formar parte de un Estado, tan solo equiparable a la sanidad, sin embargo es también uno de los sistemas más anticuados del organismo nacional. El sistema educativo convencional se forjó en la era industrial, como una medida de los gobiernos para formar a sus futuros obreros y estimular su productividad, aunque más tarde se convertiría en uno de los derechos fundamentales del ser humano. Desde su nacimiento, el sistema educativo no ha sufrido apenas variaciones de importancia y hoy en día conserva en gran parte su esquema básico de memorización y obtención de resultados a corto plazo. Es innegable que los resultados académicos han sufrido una bajada espectacular en las últimas décadas, apenas se salvan diez países que han sabido adaptar sus respectivos sistemas, y la causa es más que evidente, ya no estamos en el siglo XIX, aunque cueste creerlo. Todo ha cambiado, y recalco mi énfasis en la palabra todo. No me refiero tan solo a las cadenas de montaje o la posibilidad de que un francés y un vietnamita intercambien fotos de sus respectivas vacaciones a miles de kilómetros de distancia. No, ha cambiado nuestra forma de procesar lo que vemos, lo que leemos y lo que escuchamos, ha cambiado nuestro cerebro. Pero desgraciadamente a los jóvenes de hoy, entre los que me incluyo,  nos siguen metiendo la información con pergaminos cuando nosotros lo que tenemos son puertos USB.

Cerebros a medida de Google, eso es lo que contienen las cabecitas de millones de niños, y no tan niños, en la gran mayoría del planeta. Y cuando digo Google, me refiero por igual a todo el gigantesco monstruo de Internet. Actualmente sabemos a ciencia cierta que nuestras mentes ya se han habituado a la nueva era tecnológica, nuestra capacidad perceptiva se ha adaptado a la ingente cantidad de información que recibimos desde la red. Para bien o para mal, ahora nos cuesta más atender y comprender un solo texto pero somos capaces de asimilar cientos de ideas totalmente dispares en poco tiempo. Esto ha supuesto un obstáculo insalvable para la educación convencional, a los niños les cuesta cada vez más aprender de memoria las extensas explicaciones de un libro de texto. Pero esto solo sucede porque desde el principio se posicionó al sistema educativo como enemigo acérrimo de las nuevas tecnologías. En las clases no se permite el uso de teléfonos móviles ni otros dispositivos electrónicos, desperdiciando así todo el espectro de posibilidades didácticas que un aparato de esa clase puede llegar a tener, si se usa correctamente. Además de esto, el uso de Internet en trabajos y proyectos de investigación ha sido aceptado a regañadientes por los profesores, que han tenido que idear estratagemas de toda clase para evitar el terrorífico “copiar y pegar”. Fue en las aulas donde se fraguó el mito de la Wikipedia, un portal donde cualquiera puede escribir lo que le venga en gana y ponerlo a disposición del gran público. Obviamente esto no es así, aunque sin duda es necesario un mayor control sobre la información que los alumnos recogen de Internet, las fuentes de este tipo acostumbran a ser más que cuestionables. En definitiva, se hace cada vez más necesaria la adaptación de las clases y los profesores a las nuevas tecnologías de la información, las cuales han demostrado ser unas excelentes potenciadoras de la creatividad y la iniciativa en las mentes jóvenes.


La autoridad de la libertad es lo que intentan potenciar los pedagogos en los padres primerizos, no es tan importante lo que le prohíbas a tu hijo como lo que  dejes a su propia decisión. Como defiende el ingeniero y economista Leopoldo Abadías en su reciente libro 36 cosas que hay que hacer para que una familia funcione bien, la libertad es un factor importantísimo en la educación de un niño, si en su infancia fue libre también lo será en su madurez. El autor propone dar una mayor independencia a los hijos en cuestiones banales, forma de vestir, estética, aficiones… y emplear la autoridad paternal para marcar la diferencia entre lo que es correcto y lo que no, aun con ello hay que tener presente que con el tiempo será el hijo el que decida sobre sus valores éticos. La autoridad no emana del gobernante sino de los gobernados, máximo pilar de la democracia que se aplica ahora en el ámbito familiar. Es obvio que para ganarse la autoridad no sirven las medidas de fuerza y prohibición, o al menos no como debe entenderse la palabra, al contrario, resulta mucho más efectivo educar en lugar de prohibir y entender en lugar de simplemente vetar.

“Si conseguimos tener unos hijos, cuantos sean, que se sientan libres, que estén bien en casa y que tengan una buena formación. Ya está. Eso es todo.”Leopoldo Abadías

El mito de la inteligencia, así se conoce a la absoluta certeza que durante siglos hemos tenido sobre la medida del intelecto humano. El concepto de inteligencia es ambiguo y extremadamente amplio, ¿acaso un estudiante capaz de memorizar un tratado de entomología es más inteligente que una bailarina de ballet que nunca cursó ningún estudio superior? Howard Gardner asegura, convenciendo a toda la comunidad científica, que no es así. Este psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard ha dado un vuelco a nuestro concepto de inteligencia al hacer pública y demostrar su teoría de las Inteligencias Múltiples, la cual mantiene que nuestro cerebro es capaz de desarrollar ocho clases distintas de aptitudes o inteligencias. La lingüística, la lógico-matemática, la visual-espacial, la musical, la corporal, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista, estas son las ocho opciones básicas que Gardner plantea en su tesis, asegura además que no son excluyentes y que nos viene dadas por fortuna, es decir genéticamente, si bien pueden ser desarrolladas y mejoradas. Cada inteligencia nos provee de unas cualidades específicas para llevar a cabo unos u otros trabajos, lo que hoy en día se conoce como talento. En base a su teoría, el profesor Gardner mantiene que no se puede juzgar la inteligencia de una persona como lo hemos hecho hasta ahora y que lo que conocemos como intelecto resulta de la combinación de todas esas “subcategorías” intelectuales.

“En un sistema realmente justo, los alumnos con desventajas tendrían a los mejores profesores y las mejores escuelas.”Howard Gardner

El sistema educativo está mal planteado. Y en esto no tengo ni la más mínima duda, es algo muy cercano a mí y tras 13 años siendo educado por este sistema estoy convencido de que no han sabido gestionar mis aptitudes ni las de muchos de mis compañeros. Durante mi propio proceso académico he visto como las personas con talentos destacables se diluían poco a poco en una marea de alumnos planos y cuya única diferencia eran sus resultados, es decir, suspensos o aprobados. Tan solo un puñado de profesores intentaba tocar la fibra de sus alumnos y encontrar que es lo que les apasionaba realmente. Apenas tres o cuatro de los docentes a cuyas clases he asistido tenían la seguridad suficiente para dar las clases sin un pesado e insuficiente libro de texto. Y ninguno de los centros que conozco tiene un programa que realmente incentive a sus usuarios a desarrollar sus habilidades, a no ser que sean los propios padres quienes apunten a su hijo a algún deporte o a clases de flauta travesera. Esto sin mencionar la enorme afición de los padres con encontrar un trabajo extraescolar a sus hijos, a lo que no me opongo en absoluto, siempre y cuando se trate de una actividad con la que el niño o niña disfrute y para la que tenga verdaderas aptitudes.

No se trata solo de la organización de las clases, que busca aplanar a todos los alumnos en un intento de alcanzar ese utópico sueño de igualdad que los niños no comprenden. Además se buscan cánones y medidas con las que calificar al alumnado, lo cual es totalmente comprensible y necesario, pero esos cánones son inválidos, anticuados. La famosa prueba del Cociente Intelectual está muy bien, si lo que quieres es desmotivar a cientos de niños aparentemente listos a los que, ante la incomprensión de padres y profesores, los resultados de los testes les cuelgan una etiqueta con algún eufemismo de “tonto”. La inteligencia no puede ser medida en base a un simple test, es infinitamente más complejo que eso, realmente no sabemos medirla y estamos poniendo en peligro el talento de miles de jóvenes por nuestra ignorancia. Hace poco menos de un año escuché al psicólogo estadounidense Ken Robinson hablar sobre el anacronismo del sistema educativo, en la entrevista escuché una ingeniosa frase del pedagogo que se quedó grabada en mi memoria, reforzada muy probablemente por la desconfianza que ya entonces me generaban los test del CI.



“En realidad, un test de inteligencia solamente sirve para medir la capacidad de hacer test de inteligencia.”
Ken Robinson


Realmente tengo la fuerte convicción de que toda la civilización como la conocemos gira entorno a la educación. Existen cientos de teorías de cómo la economía mueve el mundo, la religión cambia nuestra mentalidad o la política toma las decisiones que varían el curso de la historia… pero yo creo que lo que realmente condiciona la sociedad, lo que realmente dibuja nuestro futuro, es la educación que reciben los niños. Al igual que durante la infancia se forja la personalidad de las personas, también creo que en las primeras etapas de una generación es cuando se forma su carácter, sus ideas y su determinación. Tengo absolutamente claro que la educación pública debe ser la máxima prioridad de cualquier gobierno, por encima de la economía, la sanidad o la propia sociedad. La educación es una inversión a largo plazo que asegura el futuro de una nación y la inteligencia de sus habitantes. Y es que todos los problemas que hoy se nos plantean, provienen de un quiste social sin solventar, que a su vez proviene de un atasco en la educación. Si sabemos enseñar a las futuras generaciones, no solo conocimientos, sino valores e ideales comunes entre todos nosotros, y si exprimimos su capacidad y su talento para que cada cual desarrolle sus habilidades de la mejor forma posible… creo que cambiaremos el mundo y creo que es la única forma posible de hacerlo de verdad.

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