Soy antimonárquico. Para qué voy a andarme por las ramas en este tema. Y lo siento por los férreos defensores de la corona, pero la Monarquía Española no tiene defensa posible. Es inconcebible que en una democracia se le dé tal situación de privilegio a una sola familia por el mero hecho de pertenecer a una línea de sangre en particular. No tiene sentido. Y no lo digo por el dinero que nos cuesta mantener su nivel de vida, ni por lo buenos o lo malvados que sean los miembros de su familia, ni siquiera lo digo por el número de elefantes por corona. Si pienso lo que pienso es porque se trata de una incongruencia social y política en la España actual. Se ha luchado mucho por conseguir un ideal de libertad que ahora se ve truncado por una sola profesión, la de Rey. Si yo quiero, puedo ser cualquier cosa. Si me da por ser médico, puedo estudiar medicina e intentar lograrlo. De igual modo si me da por ser fontanero. O periodista. Puedo ser lo que me plazca si me esfuerzo en ello. (Al menos en la teoría) En nuestro país hemos establecido un sistema por el cual una chica de etnia gitana de las afueras de Madrid puede llegar a ser presidenta de España si se lo propone. Desgraciadamente no es tan sencillo, pero al menos hemos conseguido que no haya ningún órgano jurídico que pueda impedírselo. Sin embargo, si yo o mi amiga gitana queremos ser rey (o reina en su caso), no podemos. Por la sencilla razón de haber salido de la vagina equivocada. Y eso, de donde yo vengo, es un atentado a la igualdad.

Pero me temo que esta cuestión ética no es lo que ha levantado a la opinión pública contra la Casa Real. No, lo que ha suscitado esta indignación generalizada y repentina han sido los incontables errores que los miembros de la primera familia española han ido encadenando desde hace un año aproximadamente. Lo cual me lleva a pensar que de haberse comportado como es debido a nadie le habría importado la hipocresía que supone mantener los privilegios hereditarios en una democracia. Es triste, pero ha sido necesaria la muerte de unos cuantos ejemplares de fauna sudafricana y su posterior fotografía junto a nuestro monarca para que la opinión pública acabase de escandalizarse por los despropósitos continuos de la corona y su ambiente. Se ve que pueden robarnos, pueden dispararse entre ellos, pueden triplicar misteriosamente el dinero que les damos, pueden fugarse del país como alma que lleva el diablo en cuanto divisan algún problema pero, ¡por Dios! ¡Que no nos toquen a los paquidermos!

La Casa Real y la Monarquía tienen los días contados inevitablemente. Es una institución insostenible que fue la mejor alternativa en su momento, pero que se ha convertido en una rémora para las libertades españolas en general. No porque incida sobre ellas, sino porque las desprestigia.

Tengo mucho más que ladrar acerca de la monarquía y ni qué decir de lo que tengo reservado para el Rey. Pero mis neuronas no dan para más esta noche y me temo que tendré que dejarme varias ideas en el tintero a la espera de un segundo artículo que, con suerte, publicaré mañana. Buenas noches. 


Si en alguna ocasión os habéis molestado en leerme y alegrar un poco mi contador de visitas, cosa que os agradezco, es probable que me hayáis visto despotricar contra el derroche, la mala gestión y, por supuesto, la podredumbre típica de las administraciones españolas. No obstante, mi evidente falta de experiencia no me había permitido examinar más de cerca los detalles de este problema, a mi juicio importante, y percatarme de lo sencillo que resulta encontrarse con estas situaciones. Hace ya unos días asistí por motivos académicos a una serie de conferencias comprendidas bajo el título de Paseo Project. En este evento se citaron grandes figuras actuales del diseño de infraestructuras y la tecnología aplicada al urbanismo, con el fin de presentar sus respectivos proyectos y dar a conocer la importancia de su labor, tanto artística como práctica. Durante aproximadamente cuatro horas escuchamos sus respectivos monólogos, con un inglés germanizado en algunos casos, y observamos sus proyecciones para hacernos una idea del calibre de los proyectos que nos estaban presentando. Tengo que reconocer que, en general, sus discursos estaban muy elaborados y pudimos presenciar un verdadero alarde de dialéctica. La conferencia de la mañana terminó y, mientras los desarrolladores del proyecto se regocijaban en el éxito de éste, yo saqué mis propias conclusiones y comencé a gestar la idea de un nuevo artículo.

El mundo del arte es algo que me fascina profundamente y considero que la preservación y el progreso de la cultura es uno de las labores más sagradas de cualquier sociedad humana que se precie. Pero, además de esto, creo que sé diferenciar el “arte por el arte”, la verdadera expresión creativa, del resto de usos que se le da a la creatividad humana, muchos de ellos de cuestionable validez ética. En varias ocasiones he denunciado en este blog la proliferación de centros de cultura, eventos artísticos, estadios deportivos y demás alardes de la megalomanía de ciertos dirigentes políticos. Y es que la cultura ha sido la excusa perfecta para infinidad de gobiernos que buscaban lavar su imagen de cara al público y, de paso, atraer hacia su ciudad los dos únicos tipos de economía que en España habían sido rentables hasta el 2008, el turismo y la construcción. Tengo la suerte o la desgracia, según como se mire, de vivir en una ciudad que, aunque cogió con algo de tardanza la ola del derroche español, ha sido la ostentosa receptora de cientos de proyectos culturales de proporciones titánicas, como la ambiguamente famosa Expo del Agua. Más o menos, Aragón fue la última comunidad española en apuntarse al despilfarro indiscriminado, pero cuando lo hizo no reparó en gastos. Y cuatro años más tarde aún seguimos pagando el inmenso e inservible legado del tiempo en que nuestra bonanza económica nos hizo creer que podíamos construir la Pirámide de Keops o el Arco del Triunfo y luego, además, hacerlo rentable.

Volviendo al tema que me ocupa. Durante la intervención de los conferenciantes españoles (ya que poco tengo que decir de lo que hagan los extranjeros en sus respectivas ciudades) me percaté de que lo que me estaban presentando chocaba de pleno con muchos de mis principios. Me parece maravillosa la labor artística de estos personajes, pero cuando el dinero y la administración pública entran en juego el tema cobra un inusitado interés para mí. En primer lugar, nos hablaron del Centro de Arte y Tecnología, un espacio dedicado a la creatividad y las nuevas tecnologías y orientado hacia los creadores de diseño gráfico y artes audiovisuales. Un proyecto que, para ser francos, a mi me apasiona. Por si a alguien le interesa éste es el folleto informativo del Centro de Arte y Tecnología.


Realmente suena muy bien, un verdadero sueño, sería genial pasar la tarde en ese edificio, ¿verdad? Pues la broma cuesta más de 21 millones de euros que, en su inmensa mayoría, han salido de las arcas públicas y que, por supuesto, no han sido abonados todavía sino que se suman a la ya considerable cifra de deuda pública. Se trata de un gran proyecto de construcción que cuenta con varios edificios y un espacio de 16.000 m2 (según la información del Ayuntamiento) que lleva en proceso desde 2010, aunque extraoficialmente el proyecto es más antiguo y había sido refrenado por falta de fondos. Por otra parte las cuentas del Ayuntamiento sobre éste y otros edificios por el estilo son totalmente opacas, prima la falta de información y de la poca que cae del cuentagotas del Consistorio solo se puede deducir que se esta invirtiendo mucho esfuerzo y dinero en levantar este proyecto. Sabiendo esto no cabe sino preguntarse si se trata realmente de una necesidad, de una idea rentable o de un verdadero estímulo cultural. En Zaragoza apenas hay demanda de esta clase de espacios y estamos gastando millones (gastando hipotéticamente porque todavía no se ha pagado nada ni se ha comenzado a producir) en el proyecto urbano de Milla Digital, al que pertenece el CAT y tantos otros, y del que apenas hay información. Sus desarrolladores aseguran que es necesario seguir adelante con él para perfilar su orientación al público pero apenas hay información veraz sobre éste y todo lo que se nos dice a la ciudadanía son vagas descripciones con cantidad de palabras bonitas, que denotan no tener un significado real.

También nos hablaron, entre muchos otros proyectos, del Pabellón Digital del Agua. Para quien lo desconozca este edificio se inauguró poco después de la Expo del Agua de 2008 y es una verdadera obra de arte de la arquitectura. Se basa en un pequeño espacio abierto bordeado por cuatro cortinas de agua que alteran el ritmo de su caída con el fin de representar formas o caracteres. Resulta bastante impresionante (aunque personalmente no me parece toda una disciplina artística digna de reverencia como piensan algunos) pero al igual que el proyecto anterior, este edificio es un verdadero despropósito. Más de 4 millones de euros fueron gastados en un espacio de unos 50 m2, si llega, que apenas ha realizado 20 espectáculos para los que fue diseñado desde su inauguración. Por no hablar de que se mantiene en continuo funcionamiento durante todo el día con el importante gasto de agua que eso acarrea, irónico si tenemos en cuenta que se construyó como tributo a la Expo del Agua.



Podría poner muchos más ejemplos del titánico despilfarro que se produjo antes de la crisis y del que inexplicablemente aun seguimos encontrando ejemplos. Pero creo que ha quedado clara mi intención con este artículo. El gasto en cultura debe ser consecuente con la situación actual, si bien no trato de restarle importancia frente a otras vías de escape del gasto público. Tan solo me pregunto porque se recortan derechos básicos como la sanidad o la educación y al mismo tiempo se invierten millones en proyectos futuristas y fuera de nuestras posibilidades. 


Nuestro objetivo es un déficit del 5,3%. O más bien es el objetivo que Bruselas tiene para nosotros. Tenemos que reducir nuestro déficit presupuestario hasta esa cifra si queremos que en algún momento de nuestro futuro alguien pueda gritar “¡Tierra a la vista!” después de años de tempestuosa crisis. Para lograrlo, hay dos vías evidentes que había que tomar. Primero la reducción del gasto, al menos 13.400 millones de euros deberán ser recortados del gasto público. Y en segundo lugar un aumento de los ingresos en aproximadamente 12.300 millones. Con esas dos cifras, y si nada va mal, habríamos conseguido alcanzar nuestro objetivo de déficit y tener contentos a los sillones de Bruselas. Pero obviamente, la meta es lo más fácil de clarificar, lo interesante de verdad son los medios que se ponen para alcanzarla.

Creo que de recortes, reducciones presupuestarias, ahorro extremo y de sus efectos sociales ya he hablado suficiente en este blog. Y al fin y al cabo, los sindicatos ya se han pronunciado, también la ciudadanía, y la decisión del Gobierno es férrea, los recortes deben ser llevados acabo por imperativo. No estoy de acuerdo, pero no os voy a dar más la brasa sobre este tema. En este artículo me he interesado por la segunda vía de ataque del Gobierno, el aumento de los ingresos. No hay que ser un genio para percatarse de que la inmensa fuente de ingresos que utilizan los Estados para financiarse son los impuestos. En primer lugar, el PP piensa recaudar unos 5.350 millones de euros adicionales aumentando el impuesto sobre sociedades. También de gran importancia es el IRPF, que ya había sido elevado antes de que los presupuestos saliesen a la luz y que proporcionará más de 4.000 millones de euros a las arcas del Estado. Impuestos sobre el tabaco y otros productos, y las nuevas tasas jurisdiccionales nos aseguran casi 400 millones más. Algunas de estas medidas son duras y aunque no lo sean seguro que no agradan a nadie, no obstante quizá os hayáis percatado de que todos esos millones no suman el objetivo de 12.300 marcado por el Gobierno. Me he dejado los últimos 2.500 millones (más o menos) para la medida que más gracia y más feliz me hace. Estoy siendo irónico.

El Gobierno piensa recaudar esa última cifra mediante la amnistía fiscal. Para quien desconozca el término, la amnistía fiscal o tributaria consiste básicamente en el perdón de ciertas irregularidades económicas con el fin de obtener unos beneficios públicos. A mi entender, es la rendición de la democracia a la delincuencia. Hacer la vista gorda a la corrupción y dejar que una parte de la economía sumergida aflore a la superficie generando unos ingresos antes prohibidos y muy jugosos, pero que no son ni una tercera parte de lo que se llevan los “malos” gracias a esta jugada del Gobierno. El plan es hacer salir a la superficie hasta 25.000 millones de euros en dinero negro, de los cuales tan solo 2.500 irán a parar a las arcas públicas. Pero no es la cuestión económica lo que me preocupa, sino la ética. Sin duda es más fácil intentar regularizar la corrupción y sacar tajada que seguir luchando contra ella, es más fácil traicionar a la Constitución (de la que no soy amigo, pero para algo está) que intentar hacer las cosas como es correcto por una vez, y por supuesto que es más fácil apostar por el beneficio a corto plazo, como siempre. Y pensar en el dinero que nos va a dar en menos de un año y no en las consecuencias terribles que una decisión tan falta de ética nos acarreará cuando el PP ya no esté en la Moncloa. Yo no creo que en este país seamos todos avariciosos y corruptos, simplemente creo que somos tontos.


La huelga termina, cada cual vuelve a su casa y saca las conclusiones que le da la gana. En estos tres días todavía no he conseguido encontrar un amable samaritano que me aclare cómo fue la huelga realmente. Cada cual tiene su propia opinión sobre los resultados de la huelga. La patronal tiene claro que ésta ha fracasado estrepitosamente y no servirá para nada, ni ahora ni en un futuro próximo. Diametralmente opuestos tenemos a los sindicatos que con férrea convicción aseguran que la huelga ha sido un éxito de proporciones históricas. Y mientras tanto, inmutables al 29 de Marzo, tanto el Gobierno como los ciudadanos siguen cada uno a lo suyo. La dirección del Gobierno no ha variado lo más mínimo y las reformas presupuestarias siguen su curso impasibles a los berrinches sindicales. Más del 85 por ciento de los trabajadores sigue haciendo eso exactamente, trabajar, con una actitud de neutralidad respecto a lo que el 15 por ciento restante, los que si han ido a la huelga y están protegidos por un sindicato, reivindican con indignación.

¿Cuáles han sido los verdaderos efectos de este parón productivo? Al parecer, los efectos políticos han sido prácticamente nulos, por lo que deberíamos deducir que la huelga ha tenido unos resultados negativos, puesto que ha puesto en peligro la economía y no ha alcanzado el objetivo que se proponía. El Ministerio de Economía alemán achaca estos resultados a la falta de apoyo con que contaba la huelga, y asegura que se necesitarán mucho más que unos cientos de piquetes cabreados para frenar a Rajoy en su obcecación. Pero, ¿de verás creían los sindicatos que esta huelga iba a cambiar algo? Teniendo en cuenta lo que Rajoy se juega con los nuevos presupuestos es obvio que siga adelante aún con el total rechazo de los sindicatos. Para el presidente, y los que le rodean, su legislatura es una carrera contrarreloj. Tuvo el tiempo justo para pensar en una estrategia económica lo más rápida y eficaz posible, ha sido apremiado por la UE para presentar los nuevos presupuestos y asumir el objetivo de déficit y, por supuesto, desde el principio contó con el rechazo incondicional de los sindicatos, quienes  ni siquiera le han dado cien días de cortesía (claro que no hubieran servido de mucho). Ya se la jugó demasiado, y perdió, al retrasar la presentación de los nuevos presupuestos con el fin de no perjudicar la campaña electoral de Arenas en Andalucía, gesto que le ha servido de más bien poco teniendo en cuenta los resultados de las urnas.

Rajoy se lo juega a una carta, pero esto ya lo sabía el día en que fue nombrado presidente. Si su política falla no solo se habrán diezmado los derechos laborales sino que además ese sacrificio no habrá servido para nada y nos encontraremos a merced de las decisiones de la UE. No obstante, si aciertan, muchas personas tendrán que taparse la boca y por una vez el Partido Popular tendrá motivos para mostrarse orgulloso. No simpatizo lo más mínimo con este partido político, eso lo sabe cualquiera que haya leído más de dos veces este blog, pero eso no me parece motivo suficiente para oponerme radicalmente a todas sus decisiones y no dar un voto de confianza a aquellos que han sido elegidos por la gran mayoría de los votantes españoles, sea de derechas o de izquierdas. Sindicatos, aplicaos el cuento.



Aunque el artículo inmediatamente anterior a éste prueba mi tendencia a la esperanza ciega, de vez en cuando me veo obligado a poner las cartas sobre la mesa y reflexionar sobre un tema hasta darle la vuelta por completo o reafirmarme en lo que pienso. En este caso quizá no se trate de una inversión completa, pero tengo claro que mi concepción de la Ley de Transparencia ha sufrido cambios interesantes en estos dos días.

Quizá fui ingenuo al plantearme esta ley como una mera reforma estética, que pretendía mejorar la imagen externa de la política, o al menos del PP. Ahora tengo claro que se trata de una estrategia mucho más compleja y premeditada, inteligente incluso. La ley en sí no soluciona ninguno de los problemas que preocupan a la ciudadanía, la corrupción tiene vía libre al igual que la ha tenido siempre. Mucho más curiosa es la absoluta opacidad de una ley que lleva la transparencia como estandarte, como viene siendo costumbre el Partido Popular mantiene todos sus planes bajo llave y suelta la información con cuentagotas y en la medida precisa. No obstante se pueden inducir ciertas conclusiones. Personalmente, me he fijado en un detalle que me ha suscitado una cierta sospecha.

 La Agencia Estatal de Transparencia (nombre que parece sacado de una novela de George Orwell) es la encargada de recibir las reclamaciones, denuncias y recursos de la población sobre las imperfecciones administrativas que se detecten en cualquier tipo de organismo público. Por decirlo de alguna forma, es el juez y policía por el que tienen que pasar todos los casos amparados en la Ley de Transparencia. Pues bien, esta organización no tiene el deber, ni ético ni lícito, de dar la más mínima explicación sobre sus decisiones. Se masca la tragedia, ¿verdad? No es difícil imaginarse la escena: Una mujer acude a la Agencia de Transparencia y denuncia con vehemencia y algo exasperada lo que ella considera un caso inequívoco de corrupción administrativa. No obstante, el funcionario de turno que recoge la declaración conoce a uno de los implicados en el caso que la señora acaba de denunciar. El hombrecillo, muy amigo de sus amigos y muy poco de la decencia, coge el móvil antes incluso de que la mujer salga por la puerta y pone sobre aviso a su colega de la facultad (o de lo que sea) y le advierte de que él y sus tejemanejes corren peligro. El colega, que de pronto ha adquirido un tono de piel blanquecino, se apresura en hablar con su jefe, un hombre de política, convencido de sus ideas, amante de su familia y coleccionista de Rolex amateur, no se inmuta lo más mínimo y hace alarde ante su subordinado de tener la situación bajo control. Un par de llamadas, cuánto hace que no nos vemos, a ver si nos tomamos una cerveza algún día, qué tal la familia, a ver si me puedes hacer un favorcillo… y listo. La Agencia Estatal de Transparencia lleva a cabo una investigación en profundidad del caso, se elabora un informe con todos los detalles y se dictamina que tal acusación se trataba de una falsa alarma. Y tranquilos, la Agencia Estatal de Transparencia, o para cogerle cariño la AET, no tiene la más mínima intención de dejar escapar algo de información sobre este caso y lo peor es que tampoco tiene la obligación de hacerlo. De modo que la pobre señora, que con indignación había recurrido al “defensor del pueblo” se encuentra un día con una notificación en su buzón que le dice, con infinitos eufemismos, que es una mentirosa.

En fin. Es probable que penséis que con este artículo he dejado volar mi imaginación… desgraciadamente no lo he hecho, no mucho al menos. Esta historia es el esquema básico de por qué más de la mitad de los casos de corrupción en España no llega a los tribunales. Más me gustaría a mi poder dejar volar mi imaginación con este tema.


Ley de Transparencia. Si, suena bien. Al menos el nombre lo han clavado. El Gobierno piensa hacer con esta propuesta de ley algo que sorprendentemente no se había hecho en casi 40 años de democracia española. La Ley de Transparencia será sometida a “trámite de audiencia pública” o, lo que es lo mismo, se les pedirá a los ciudadanos que colaboren en su redacción directamente, mediante sugerencias, opiniones y votaciones, antes de ser oficialmente implantada. Algo similar a un brainstorming a lo bestia. Para este humilde bloguero esta idea no debería ser un caso aislado. La intervención directa de los ciudadanos en la redacción de las leyes que más tarde tendrán el deber de acatar. No se me ocurre una forma mejor de recordar a los ciudadanos su condición política dentro de una democracia, algo que parece haberse olvidado a fuerza de golpes y desengaños. No me canso de repetirlo, lo siento, en una democracia todos somos políticos. La idea de someter la Ley a la audiencia ciudadana me parece mejor idea que la propia Ley de Transparencia en sí, aunque no voy a hablar de eso hoy.

La Ley de Transparencia es un proyecto con luces y sombras. Sin duda me parece una magnífica idea para lavar la imagen de la “clase política” de cara a la opinión pública. No servirá de mucho si no se utiliza correctamente, y en este punto caben dos posibilidades. La primera y la más obvia es pensar que este nuevo proyecto no se trata más que de una estrategia barata para recuperar una confianza perdida lo más rápidamente posible, por decirlo de alguna forma, un maquillaje. La segunda opción, y un tanto más onírica, es que el Gobierno se haya planteado seriamente la repercusión de una imagen tan poco positiva de la política. Corrupción, derroche, prevaricación, demagogia y un largo etcétera de adjetivos nada halagüeños. Con todo ese bagaje de cualidades peyorativas es obvio que la opinión pública, que será tonta pero no ciega, se replantee las razones que justifican la permanencia en el poder de un colectivo tan absolutamente podrido. Es de esperar, entonces, que el gobierno de turno que vea ante si una larga legislatura no tenga la intención de pasar los cuatro años siguientes entre la espada y la pared, en continuo enfrentamiento con el pueblo. De ser así, deduzco que Rajoy habrá ponderado las opciones y, como persona con dos dedos de frente que es, se habrá decantado por comenzar un proyecto coyuntural que pretenda reconducir la imagen política a aguas más tranquilas, empezando por las raíces del problema. Repito que esto es más bien una vaga esperanza.

De cualquier modo, sea una posibilidad u otra la real, creo que esta Ley de Transparencia no es más que una estrategia preventiva. No se trata de una ley que vaya a restructurar los cimientos de la jerarquía política ni a combatir la corrupción a capa y espada. Aunque no conozco el texto íntegro de la ley, con los detalles que hasta ahora se nos han proporcionado ya puedo asegurar que esta ley no conseguirá erradicar, quizá si diezmar, la corrupción de las administraciones españolas. Me temo entonces que se trata de un intento por demostrar a los ciudadanos que, al menos por parte del Gobierno, existe una cierta predisposición hacia el cambio. Una forma de ganarse de nuevo una confianza perdida y que ahora necesitan para volver a la senda correcta. Probablemente sea demasiado subjetivo y soñador con esto. No me llaméis iluso por que tenga una ilusión.



Responsable del Govern Balear entre los años 1996-1999 y 2003-2007, ministro de Medio Ambiente desde el 2000 hasta 2003, político megalómano por excelencia, conocido por ser uno de los presidentes autonómicos más propicios al derroche indiscriminado y, hoy, imputado por un caso de corrupción que ha servido como noticia recurrente de todos los telediarios de España. Jaume Matas es un hombre de mirada cansada, arrugas en la frente y cejas alicaídas, que parece más acostumbrado a mirarse los pies que lo que tiene delante. Y no sé si lo finge por consejo de su abogado, pero tiene una actitud roedora que dan ganas de darle una galleta o meterle en una rueda para que se entretenga.

Por mucha pena que nos dé  este personaje y aunque se nos encoja el corazón cuando lo veamos echando una mirada asustadiza y endeble a la cámara, a pesar de ello, debemos recordar que Jaume Matas está imputado en uno de los casos de corrupción que más ha salpicado en la historia de la democracia. La sentencia que acaba de ser anunciada le condena a pasar 6 años y un día a la sombra, se ve que el juez no es amigo de los redondeos. Y no solo eso, Matas tiene que asistir a una quincena de piezas más, que constituyen cada una un delito distinto por los que tendrá que rendir cuentas.

La sentencia del Tribunal todavía no es firme y la defensa de Matas pretende interponer un recurso de casación, me pregunto si no se cansará el pobre abogado (Antonio Alberca) de recurrir cada una de las sentencias que dicte el tribunal, son unas cuantas. De cualquier modo, el letrado tiene la firme intención de recurrir la primera sentencia de su cliente y también pretende evitar su estancia en prisión lo máximo posible hasta que la sentencia se imponga. Para conseguir esto alega, simplemente, que Matas no representa el más mínimo peligro de fuga por lo que es suficiente mantenerlo confinado en su domicilio sin necesidad de enviarlo a prisión. Aunque es probable que se le conceda esta indulgencia no creo, en absoluto, que el recurso vaya a conseguir nada, la sentencia seguirá su curso, y aun en el caso de que no fuese así a Jaume Matas le quedan numerosos juicios a los que asistir y, por desgracia para él, no cuenta con muchas bazas en ninguno.

Este caso ha levantado muchas ampollas y polémicas ya que se ha tragado a personajes tan conocidos como Iñaki Urdangarín o el propio Jaume Matas. Es un caso peliagudo de tratar, tanto por la parte de la defensa como la acusación. Muchas personas creen, sin embargo, que el expresidente no llegará a cumplir la condena íntegra, y tiene razones para creerlo. Se han dado muchas ocasiones en las que el imputado ha salido airoso del caso de corrupción en el que se encontraba inmerso, lo más gracioso del chiste es que en todos estos casos el acusado era un político de cierto renombre y, como buen político, con buenas relaciones. No obstante, resulta difícil de creer que Matas pueda librarse de cumplir la condena después de haber revolucionado los televisores de todos los hogares españoles y haber sido la última moda de todos las portadas de periódicos. Si el PP intercediese en la condena, ni que decir de un indulto, una masa de ciudadanos enfurecidos se les echaría a la yugular. No creo que el pobre señor Matas consiga salir de la trampa para ratones en la que el mismo se metió por un poquito más de queso.


Puedo contar con los dedos de la mano las pocas veces que he estado por completo de acuerdo con las palabras de Ignacio Escolar. Periodista español de considerable reputación pero cuyo nombre siempre va ligado a la misma connotación: “rojo”. Y no es para menos. Fundador y columnista de Público, ocasional firma en Estrella Digital, colaborador de la Ventana, en Cadena SER. Su historial te avisa de antemano para que leas todo lo que escribe con cautela, sabiendo que en cualquier momento soltará algún mordisco dialéctico al “equipo contrario”. No obstante, considero que Escolar defiende su postura de una forma realmente respetable y, aunque de vez en cuando  roce la subjetividad, suele ceñirse a la realidad y no mentir, quizá ocultar la verdad, pero no mentir.

Dicho esto, creo que puede resultar interesante el nuevo artículo que Ignacio Escolar publicó hace poco en su blog. Trata sobre la sanidad española. Puede servir como respuesta a la horda de gente convencida de que el modelo sanitario español es insostenible para nuestra economía. Los recortes en sanidad son de las pocas medidas de la era Rajoy que realmente me han molestado. Básicamente porque no lo entiendo. Hay cientos de agujeros en los que se derrocha el dinero y tienen muchísima menos utilidad que la sanidad. Los populares pueden ser muchas cosas, pero no creo que sean tontos (aunque esto lo digo sin mucho convencimiento), y me resulta sospechoso esta obsesión por privatizar un servicio público totalmente eficiente de por sí e imponer un copago para financiarlo, siendo que se caracteriza por ser de los más baratos de Europa. 





Tras mi letargo estudiantil de estas últimas semanas ha sido toda una experiencia volver a leer algo sabiendo que no tengo que examinarme sobre ello. Y después de esta grata sensación me he encontrado con ciertas sorpresas que no estaban ahí cuando me fui. Sorpresas que no han sido necesariamente agradables. Nada más volver me encuentro con un panorama grisáceo en este mundillo periodístico del que estoy enamorado.

Primero una noticia ya bien conocida pero poco estudiada, las páginas de Público no volverán a ser impresas. Antes de que en vuestras cabezas me tildéis de adorador de la prensa izquierdista os diré que Público no me suscita más entusiasmo que la Gaceta o el Mundo. Por poner un ejemplo, para mí un periódico subjetivo que no reconozca su subjetividad sería la segunda opción en caso de agotarse el papel higiénico. Perdón si he sido demasiado gráfico. Público era un diario, como tantos otros, que no sigue lo que a mi me parece un ideal básico del periodismo y por lo tanto no es para mí una lectura de culto, ni mucho menos. No obstante su pérdida es casi como una condena para el pluralismo de la prensa española. Aunque para mi el diario perfecto sería aquel que se guiase por un objetividad inamovible (e irrealista, desgraciadamente) y dejase los artículos de opinión a elección de sus periodistas, también reconozco que en España existe, o existía, un cierto equilibrio de opiniones mantenido por el constante forcejeo de medios derechistas e izquierdistas. Sin embargo, varios hechos han propiciado que esta delicada balanza se venza exageradamente hacia la derecha. Al agotarse la vida en papel de Público se ha perdido también uno de los estandartes de la prensa izquierdista, lo que ya de por si desequilibra mucho la metafórica balanza. 

Pero también hay otras razones por las que la prensa escrita española se está inundando de un conservadurismo que amenaza con coartar la pluralidad de opinión. El País, que por decirlo de alguna forma es el hermano gemelo benévolo de Público, se ha desmarcado mucho de su anteriormente intenso carácter izquierdista. Ciertos hechos, ligados normalmente con las malas relaciones entre el diario y el anterior gobierno socialista, propiciaron el alejamiento del País hacia posturas más neutrales, que no necesariamente objetivas. Por otro lado tenemos a Radio Televisión Española. Una cadena que había mantenido una actitud objetiva y neutral de una forma casi heroica, sobreviviendo a la legislatura socialista. La política del PP respecto a la prensa pública ha sido mucho más contundente que la de sus antecesores socialistas. El carácter de RTVE no hacía ninguna gracia a los mandatarios populares, que parece ser que no entienden una televisión pública que no puedan manejar. Aunque les ha costado, me temo que la televisión pública en España ha sido doblegada a los intereses del gobierno de turno.

 Con estos y otros hechos similares el conservadurismo se ha impuesto en el clima periodístico nacional. Pero esto no es malo, ¿no? Al fin y al cabo, si las elecciones le han dado la mayoría absoluta a un partido de derechas eso significa que una gran parte de los españoles esta de acuerdo con sus ideas y, por lo tanto, exigen una prensa que se adapte a su forma de pensar, unos medios que se habitúen a la nueva mentalidad española. Un triunfo de la democracia, como tantos otros. Sin embargo, tengo una pregunta. ¿En qué momento ha comenzado la población a manipular los medios y no al revés?

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