Tras mi letargo estudiantil de estas últimas semanas ha sido toda una experiencia volver a leer algo sabiendo que no tengo que examinarme sobre ello. Y después de esta grata sensación me he encontrado con ciertas sorpresas que no estaban ahí cuando me fui. Sorpresas que no han sido necesariamente agradables. Nada más volver me encuentro con un panorama grisáceo en este mundillo periodístico del que estoy enamorado.

Primero una noticia ya bien conocida pero poco estudiada, las páginas de Público no volverán a ser impresas. Antes de que en vuestras cabezas me tildéis de adorador de la prensa izquierdista os diré que Público no me suscita más entusiasmo que la Gaceta o el Mundo. Por poner un ejemplo, para mí un periódico subjetivo que no reconozca su subjetividad sería la segunda opción en caso de agotarse el papel higiénico. Perdón si he sido demasiado gráfico. Público era un diario, como tantos otros, que no sigue lo que a mi me parece un ideal básico del periodismo y por lo tanto no es para mí una lectura de culto, ni mucho menos. No obstante su pérdida es casi como una condena para el pluralismo de la prensa española. Aunque para mi el diario perfecto sería aquel que se guiase por un objetividad inamovible (e irrealista, desgraciadamente) y dejase los artículos de opinión a elección de sus periodistas, también reconozco que en España existe, o existía, un cierto equilibrio de opiniones mantenido por el constante forcejeo de medios derechistas e izquierdistas. Sin embargo, varios hechos han propiciado que esta delicada balanza se venza exageradamente hacia la derecha. Al agotarse la vida en papel de Público se ha perdido también uno de los estandartes de la prensa izquierdista, lo que ya de por si desequilibra mucho la metafórica balanza. 

Pero también hay otras razones por las que la prensa escrita española se está inundando de un conservadurismo que amenaza con coartar la pluralidad de opinión. El País, que por decirlo de alguna forma es el hermano gemelo benévolo de Público, se ha desmarcado mucho de su anteriormente intenso carácter izquierdista. Ciertos hechos, ligados normalmente con las malas relaciones entre el diario y el anterior gobierno socialista, propiciaron el alejamiento del País hacia posturas más neutrales, que no necesariamente objetivas. Por otro lado tenemos a Radio Televisión Española. Una cadena que había mantenido una actitud objetiva y neutral de una forma casi heroica, sobreviviendo a la legislatura socialista. La política del PP respecto a la prensa pública ha sido mucho más contundente que la de sus antecesores socialistas. El carácter de RTVE no hacía ninguna gracia a los mandatarios populares, que parece ser que no entienden una televisión pública que no puedan manejar. Aunque les ha costado, me temo que la televisión pública en España ha sido doblegada a los intereses del gobierno de turno.

 Con estos y otros hechos similares el conservadurismo se ha impuesto en el clima periodístico nacional. Pero esto no es malo, ¿no? Al fin y al cabo, si las elecciones le han dado la mayoría absoluta a un partido de derechas eso significa que una gran parte de los españoles esta de acuerdo con sus ideas y, por lo tanto, exigen una prensa que se adapte a su forma de pensar, unos medios que se habitúen a la nueva mentalidad española. Un triunfo de la democracia, como tantos otros. Sin embargo, tengo una pregunta. ¿En qué momento ha comenzado la población a manipular los medios y no al revés?

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